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Maldita superserie

28 Febrero 2024
La marca del bocazas

En los oscuros pasillos del gimnasio, Vladimir Popescu, más conocido por su impresionante físico que por su agudeza intelectual, se pavoneaba en medio de su propia burbuja de vanidad. 

Popescu, un culturista que solo se preocupaba por su físico y su ego, era el rey del gimnasio. O al menos, eso creía él. Con su impresionante físico, fruto de años de entrenamiento y esteroides, se paseaba por el gimnasio como si fuera su dueño. 
Lo suyo era hacer superseries. Combinar varios ejercicios sin descanso entre ellos, para aumentar su masa muscular y su resistencia. Pero no le importaba el resto de los clientes del gimnasio, a los que molestaba con su actitud arrogante y su falta de respeto. Siempre ocupaba varias máquinas a la vez, impidiendo que otros las usaran, y se burlaba de los que no estaban tan fuertes como él.

Cada día, Popescu se sumergía más en su mezcla, a partes iguales, de avaricia y egoísmo. Su indiferencia hacia los demás era palpable, y su estupidez lo mantenía ciego ante la creciente animadversión de quienes lo rodeaban. Nadie quería enfrentarse a él. Todos lo odiaban, pero nadie hacía nada.

Un día, mientras hacía su rutina habitual de superseries, se encontró con un viejo que le pidió que le dejara usar una de las máquinas que él había acaparado. Vladimir se negó con desdén y le dijo que se fuera a otro sitio, que él estaba entrenando. El viejo insistió, diciendo que solo necesitaba unos minutos. Popescu se enfadó y le empujó, haciéndole caer al suelo. Luego, se rió de él y le dijo que se largara, que ese gimnasio sólo era para “profesionales”.

Al ver la actitud de Popescu, el viejo, con una mirada de odio, le lanzó una maldición.

-Te crees el rey del gimnasio. A partir de ahora, cada vez que uses una máquina, te convertirás en parte de ella. Así aprenderás a respetar a los demás y a compartir. Disfruta de tu nueva vida, Popescu.

El viejo se levantó del suelo y se marchó del gimnasio, dejando a Popescu confundido y molesto. Él no le hizo caso a sus palabras y siguió con su rutina de superseries, sin darse cuenta de que la maldición había empezado a hacer efecto.

Un murmullo oscuro se gestó en las sombras. La maldición se desató. Una entidad oscura, un eco malévolo de la propia arrogancia de Popescu, empezó a tejer su hechizo.

De repente, la máquina que estaba usando Vladimir Popescu cobró vida. Una fuerza sobrenatural la convirtió en una maquinaria infernal. Popescu quedó atrapado en la máquina mientras realizaba una superserie interminable.
La metamorfosis de Vladimir terminó cuando se convirtió en una máquina multifunción. Una amalgama grotesca de humanidad y maquinaria, con una inteligencia limitada ahora impulsada por engranajes y poleas.
La entidad oscura había castigado a Vladimir Popescu por su soberbia y su falta de empatía convirtiéndolo en una abominación mecánica.

Los demás clientes del gimnasio, sorprendidos, observaron con horror la transformación de Popescu. 
La máquina multifunción gemía y crujía. Una risa estúpida se mezclaba con el rugido mecánico de su nueva existencia.
Popescu era ahora una advertencia tangible sobre los peligros de la estupidez, la avaricia y la indiferencia hacia los demás.

La maldición de la máquina multifunción continuó, atrapando a aquellos que se atrevían a seguir el oscuro camino de Vladimir Popescu. El gimnasio, una vez lugar de superación personal, se convirtió en una prisión para aquellos cuyos egoísmos los llevaban a una eternidad de repetición y sufrimiento. Un lugar maldito.

Kike Fernández

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